Sé que me voy a ganar alguna que otra enemistad con esto, pero me debo a mis principios, al amor que siento por mi profesión y a la promesa que me hice a mí mismo cuando soñaba con tener un mínimo de personas que escucharan lo que tenía que decir. Como dice Risto Mejide: “si cuando hablas diciendo lo que piensas nadie se molesta, es que no has dicho absolutamente nada”. De todos modos mis amigos seguirán ahí, y son ellos los que me han ayudado a ser quien soy: antes persona que personaje. Allá vamos.
Mucho se ha dicho y poco se ha escrito –al menos fuera de los foros- sobre esos famosos y/o estrellas de diversa procedencia y condición que, tras una carrera dedicada a una profesión tan distante a la nuestra como pueda ser el cine porno, la televisión, el baloncesto o el mundo del motor dan un salto directo a las cabinas de clubs de renombre y eventos importantes de nuestro país. La verdad es que el asunto tiene cuerda para debatir largo y tendido. Por un lado hay mucha gente del sector que critica la falta de seriedad de los promotores o clubs que programan a dichas personas en detrimento de artistas de demostrada trayectoria o, como suele pasar más a menudo, en detrimento de oportunidades para los que empiezan. También cabe destacar el factor de desánimo que esto pueda provocar en artistas amateur que consideran una mofa y una burla a sus años de seria dedicación y compromiso con la profesión aún sin recompensa que a estas personas se les concedan “por la cara” –nunca mejor dicho- oportunidades con las que ellos sueñan. Por otro lado, es cierto que el reclamo que ejerce sobre la masa puede surtir el efecto deseado desde el punto de vista empresarial. Hay artistas conocidísimos con altos cachés que quizás llaman menos la atención en según que zonas de nuestro país –por falta de cultura e información, básicamente- y resultan menos rentables para el empresario. Hay que reconocer este hecho, y aceptar que la culpa no es suya.
Ahora añadiré en su favor que hay algo mucho más importante que lo que pensemos tú o yo: la libertad de hacer con tu vida lo que te plazca. Vivimos en un país libre –lleno de idiotas, pero libre- y nadie en el mundo puede decirte qué debes o no debes hacer con tu vida, o que tan sólo por el hecho de haberte dedicado a algo –y encima haber tenido éxito- ya no puedas dedicarte a la música. ¡Claro que puedes! A mí me gustaría dedicarme a más cosas cuando me canse de todo esto, no quiero creer que mi vida terminará el día que decida colgar los auriculares. Lo que ya no me parece ético es que aproveches la trascendencia de tu vida anterior para adquirir una posición privilegiada en la presente, en un campo que nada tiene que ver con lo que hacías antes y en el que no has demostrado ningún talento notable que destaque por encima de los demás. Esto es algo que sólo pasa en la música -en el fútbol por ejemplo, ya puedes ser Barack Obama, que si eres malo eres malo, y si quieres jugar te vas con los colegas, como hago yo; y no al Barça o al Real Madrid-. Y por favor, no entremos en lo de “es buena persona”. No lo dudo. Mi madre también lo es, y está en el paro desde hace años. Creo que esta bellísima profesión merece un respeto por parte de todos los que la ejercemos o la queremos ejercer, y que faltar a este respeto es demostrar públicamente que poco se la ama o valora. Y sí, es una falta de respeto asumir una posición sin credenciales. Así, concluiré con una historia –real- muy inspiradora que ilustra mi opinión al respecto del tema de los PseudoDeejays a la perfección...
Charles L. Dogson fue un brillante matemático de reconocido prestigio, autor de diversas teorías numéricas en el siglo XIX. En su tiempo, Dogson era reconocido por la comunidad científica y estudiantil como un hombre de éxito en el campo de los números. Los rectores de la Universidad de Oxford donde estudió, reconocían en su carácter serio y terrenal el perfil exacto de un buen hombre de ciencias: recto, objetivo y con una larga trayectoria de logros que seguramente harían que su nombre pasara a la historia. Lo que pocos contemporáneos de Dogson sabían era que, en la intimidad, el célebre matemático leía y envidiaba secretamente a escritores de fábulas y cuentos, muy comunes en esa época. Se dice que el bueno de Charles, entre tantos números exactos, devoraba cuentos infantiles e historias fantásticas. Tanto le gustaban que no tardó en picarle el gusanillo de la escritura, y pasado un tiempo se fue alejando de la vida en la Universidad para centrarse en su nueva faceta como escritor, y empezó a acumular bocetos de historias. Quizás una nueva vida como escritor fuera posible, soñaba. No es muy común conocer a Charles L. Dogson, pero quizás a más gente le suena el nombre de Lewis Carroll. ¿Tampoco? bueno, quizás si os digo que Lewis Carroll fue el escritor y creador de “Alicia en el País de las Maravillas” ya nos vamos entendiendo. Oh y ahora viene lo bueno: Lewis Carroll y Charles L. Dogson son la misma persona.
¿Y esto que tiene que ver con lo anterior? Pues que Charles Dogson era lo suficientemente importante en ese momento como para poder haber publicado sus cuentos sin esperar años –como tuvo que esperar- si hubiera dicho que él era quien era. Quizás incluso hubiera vendido más por el factor morboso que se escondía tras el hecho de que un matemático famoso y prestigioso publicase historias y fábulas fantásticas al mismo tiempo que había sido capaz de desentrañar algunos secretos en el mundo de los números. Pese a ello, Dogson utilizó un seudónimo e intentó por todos los medios a su alcance ocultar su identidad hasta que la gente se hubo enamorado de sus historias y su modo de escribir. Pasado un tiempo, cuando le preguntaron los motivos que le llevaron a preferir empezar de cero como escritor, inventándose un nombre y rechazando todos los privilegios que su posición le hubieran otorgado, Dogson aseguró que lo hizo para aprender a ejercer el gran oficio de la escritura y ganarse el respeto de sus colegas de profesión, y que jamás se hubiera sentido realmente un buen escritor si no hubiera creado a Lewis Carroll desde cero, al igual que hizo con su faceta de matemático y al igual que habían hecho aquellos escritores a los que admiraba.
Qué bonita historia, ¿verdad?. El matemático eminente que renuncia a sus privilegios para empezar de nuevo en otro campo y demostrar al mundo –y a sí mismo- que podía llegar a tener el derecho de llamarse Escritor con mayúsculas. Ganó el respeto de crítica, público y compañeros de profesión –tanto de números como de letras- consiguiendo un resultado mayor que la suma de ambas partes. No sólo eso, si no que además regaló a infinitas generaciones futuras un cuento eterno, y a nosotros esta gran moraleja. Ahí va una crítica constructiva... La tomas o la dejas. No seré yo quien juzgue, tampoco los amateurs o profesionales del sector, ni quiera el gran público... El mayor juez suele ser el espejo de casa. Ese nunca miente.
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